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LA SALIDA

Lílian era francamente tímida, rechazaba el bullicio y las aglomeraciones; Sentía una profunda  animadversión por  las cosas realizadas a medias, aún las banales, exigiéndose siempre hasta el límite. A consecuencia de ello, con frecuencia experimentaba disgusto consigo misma, cuando quedaba algo inconcluso regañándose el resto del día.

 

En el siguiente semestre, los exámenes fueron particularmente duros, pero los obstáculos se superaron con paciencia y perseverancia, auxiliándola el apoyo incondicional de los padres. Desde la distancia, solían mimarla, llamándola afectuosamente -mi pequeña bebé - a pesar de que era una espléndida muchacha que lucía orgullosa los 21 años y despertaba admiración ante su paso, entre los jóvenes de su edad .

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Aquel aciago día, ciñó  delicadamente alrededor del pelo, una cinta "azul Francia", concurría como todos los días a clases en la universidad. Durante el transcurso, inquieta, esperaba el  avance de los minutos, pronto recibiría  las noticias  que anhelaba del  hogar natal, mientras la clase, naufragaba entre el aburrimiento y el apuro por el regreso.

Bajó de dos en dos los escalones de los claustros, rumbo al departamento cercano; El tránsito, era escaso a  esa  hora, despidiéndose de los compañeros con  besos y recomendaciones de las obligaciones estudiantiles. Alcanzó a girar sobre sí y dar unos pasos fuera del cordón protector de la vereda cuando un bramido sordo, brotó de la nada y el grito ahogado de un brutal impacto confundiéndose, el ruido del metal y carne.

 

Lílian voló literalmente por los aires,  pesadamente cayó sobre el aceitoso pavimento, estremeciéndose inerme,  cual débil mariposa; La primorosa cinta azul Francia, se tiñó lenta de rojo escarlata. La motocicleta de gran cilindrada, tumbada a un costado se había abalanzado sobre la frágil humanidad con la fuerza de un ariete. El motociclista, un hombre maduro  acompañado de una mujer sólo tenia algunos cardenales. Los condiscípulos, azorados, presintiendo la gravedad del accidente, corrieron  desesperados en su auxilio. La ambulancia, acudió a los pocos minutos entreabrió lentamente los ojos, y dijo con voz apagada: – Llamen a mi papá-.

El teléfono sonó con una particular estridencia,  presagio de la fatal noticia, similar a la  caída de un rayo en la quietud de un día apacible . Lílian sufrió un accidente, viajen urgente, se encuentra internada,  fueron las escuetas palabras del fatídico mensaje. Los hechos cobraron un cariz vertiginoso: Llamadas telefónicas febriles con el interrogante de la gravedad de las lesiones y  los trámites  del  viaje acelerado.

Fue llevada de urgencia  al hospital mas cercano, pero las lesiones eran graves y la derivaron a un hospital de mayor complejidad. Cada minuto que transcurría, jugaban en su contra. A la hora de haber ingresado, había entrado  en coma.

Exánime, el rostro denotaba una palidez que contrastaba con el blanco inmaculado de las sábanas. La madre de tanto en tanto, acariciaba suavemente la  frente entonces, un leve temblor recorría el cuerpo, único signo vital que alentaba las esperanzas. Las horas transcurrían mortificantes mientras la evolución permanecía estacionaria. Los médicos, repetían enfáticamente que el mismo se había agravado y dependía por entero del respirador artificial. La máquina, imperturbable,  insuflaba cíclicamente el oxigeno vivificante que la obligaba a respirar. El monótono ruido, ocasionaba en todos, familiares y amigos, un doble efecto: vida y  rechazo. Ayer un futuro pleno de promesas, hoy prisionera de la máquina desalmada.

Los doctores opinaban a media voz, sobre  las escasas posibilidades de sobrevivencia , mientras la pálida mano, descansaba en el regazo de la madre. Los padres ansiaban con angustia contenida,  el regreso al  hogar, alentaban la esperanza que quizás, rodeada de los afectos familiares pudiese experimentar el milagro de una mejoría. Un rumor ominoso empezó a circular por los pasillos, al mismo tiempo que se establecía una conspiración de silencio que  enmudecía a los médicos.

 

Voceros circunstanciales,  deslizaban que no permitirían retirarla al existir nuevas normas de ingreso en los hospitales públicos que, quienes no expresaban en ese acto,  una voluntad en contrario, virtualmente quedaba convalidada la obligación de donar  órganos. Primero fueron insinuaciones, para transformarse luego en  imposiciones no escritas, ejerciéndose a través de terceros. Gracias a los buenos oficios, de  un viejo doctor, amigo de la familia, logró lo que resultaba casi una hazaña: El traslado al terruño.


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Los servicios de ambulancias de la provincia natal, fueron insensibles a las súplicas maternas, semejaban a buitres que esperaban la oportunidad.

Sin hesitar, pretendían un cifra exorbitante, lejos, del exiguo presupuesto familiar. Finalmente, logró contratarse un servicio mas acomodado del propio lugar, donde ocurrió el suceso. El viaje transcurría entre la monotonía del respirador y los signos vitales cada vez más débiles. La ambulancia parecía devorar las distancias en un intento de apresurar la marcha.

 

El joven médico de pronto, se puso pálido,  había sucedido lo inevitable: un paro cardiaco en el camino. Las maniobras de resucitación fueron febriles y el corazón, para alegría de todos, empezó a latir nuevamente.

La ambulancia,  aceleraba  lo que la prudencia lo permitía, cerca del destino, se repite el drama, otro paro y  una vez más, la reanimación exitosa. El ulular de la sirena, rompió la bonhomía de las calles provincianas mientras en la Terapia Intensiva del Sanatorio Local, estaba todo dispuesto.

Una escena conmovedora, sucedía entonces, mientras era conectada por numerosos cables y tubos a los aparatos. El joven corazón dejó de latir a escasos minutos del regreso. La blanca mariposa descansaba en los brazos de la madre, había regresado al hogar.

 

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