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Mamaní,
había sido un cazador empedernido, carnicero de profesión, solía salir
los fines de semanas de cacería , acompañado de un par de perros fieles
, según él, los mismos eran baqueanos, aún
en bosque cerrado, en rastrear a la fugitiva corzuela y si
se presentaba la ocasión enfrentaban al temible chancho del
monte. Había preparado el morral de caza, caramañola con vino
tinto, agua y el parque de cartuchos calibre 16 con munición, chanchera,
además de una comida ligera. Había partido al amanecer, con los heraldos
caninos a la cabeza, luego de haber desandado considerable distancia
en el rastreo de las presas y a pesar de la destreza de los perros,
todo resultaba en vano. Había rastrillado concienzudo, las picadas
más transitadas que conducían a las aguadas, permanecido al acecho,
esperando sorprender al huidizo animal, pero la apetecida caza habían
desaparecido; Parecía que se habían llamado a reposo en recónditos
lugares.
Pasado
el mediodía, agotado, hacía un alto para el almuerzo; El calor de
la siesta, pronto lo adormecería en un sopor profundo, interrumpido
bruscamente, por un retumbo sordo que brotaba del cercano cauce del
río.
Mamaní,
era un hombre, que difícilmente se atemorizaría , muy por el contrario,
intrigado, decidía encaminarse en pos del ruido, acompañado de los
canes. El “bom”, “bom” resonaba grave y profundo, como el redoble
sordo dado sobre el parche de una caja sonora, cuyas oquedades dejaban
suspendido unos segundos el eco en el aire. El son provenía francamente
del río, que en aquel lugar, desembocaba contra el frente de un barranco
umbrío y continuaba en una curva cerrada .
Pensaba
que el rumor, quizás, se debía al festejo de alguna fiesta lugareña.
Curioso por naturaleza, descendía sobre el pedregoso lecho del río
con la intención de mirar más de cerca el mencionado bullicio. La
misteriosa cadencia, surgía del mismo pié del barranco, que en penumbras,
permanecía semicubierto por un frondoso sauce llorónque
derramaba las ramas desde lo alto , encubriéndolo en una apretada
cortina, a pesar que el sol reverberaba a pleno sobre la playa. Súbitamente
los perros desaparecía, el nómade retumbo variaba
de posición y resultaba un conjuro extraño descubrir el origen; Desorientado,
hallaba, sobre el frente del barranco, un socavón natural excavado
por el río. Reinaba en el lugar, un espeso silencio, la naturaleza
parecía que se había paralizado por un momento, tanto que las las
aves, habían enmudecidos los gorjeos y se escuchaban solamente
los ásperos pasos del cazador sobre la playa.
Mamaní,
a un paso de la boca del oscuro socavón, se detenía titubeante; el
instinto de cazador, le avisaba de la existencia de un peligro incierto
. Luego, como si hubiese sido picado por una víbora, se echaba hacia
atrás y emprendía el regreso apresurado. En plena retirada, la marcha
se transformaba en una lisa y llana fuga; Agotado, llegaba a
un claro del monte y se tomaba un respiro; Recostado sobre un añoso
ceibo, intentaba recobrar el resuello, pensaba sobre
la extraña desaparición de los perros, cuando creía divisar
a la distancia, la presencia de los mismos, pero en su lugar aparecía
un enorme perro negro; Mecánicamente quitaba el seguro del
arma, preparándose para un disparo pero el animal desaparecía. Cercano
al poblado, avizoraba sorprendido, la silueta inconfundible de la
elusiva corzuela, compulsivo, decidía apresar al animal,
pero al pretender disparar, la presa se escabullía; Adivinaba, que
quizás estaba herida y arrastrándose entre los arbustos se alejaba
; Esta situación tendía a repetirse, mientras sin rumbo, se distanciaba
, pero algo había despertado una señal de advertencia, ¡no había excremento
del animal en el suelo! . Este hallazgo fue la certeza, de que algo
diabólico lo amenazaba. Retrocedía lentamente, reconociendo las sendas
conocidas y nuevamente retomaba la fuga precipitada , abandonaba
el morral en el camino, pero percibía, un acoso maligno a sus espaldas. Cuando
abandonaba el monte, sorpresivamente, se encontraba con los perros
extraviados. Había regresado al hogar con las ropas desgarradas, el
semblante demudado y luego se había encerrado en un mutismo impenetrable.
Esa, fue la última salida del cazador.////
La
Salamanca, fiesta endemoniada de Satanás, leyenda de nuestro
Norte, se la soslaya, en las reuniones, de adrede, por el temor
a invocarla. Cuentan los relatos que hubo un gaucho joven, mujeriego,
afecto a la bebida y amante a las fiestas. En una de ellas había
conocido a una bella muchacha la cual muy complacida aceptaba, los
requiebros del fogoso galán. Cuando promediaba el baile, la joven
con argucias le pidió que la acompañara a una fiesta familiar. Cuando
llegaba a la misma, le había salido al paso una mujer, deteniéndolo, cubierta
con un velo blanco, con lágrimas en los ojos, le rogaba que no traspase
la entrada, pero seducido por la belleza de la joven, hizo caso
omiso de la advertencia.
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La
celebración estaba en su apogeo, ocupaba una amplia caverna iluminada,
con un banquete servido, donde se ofrecían los más exquisitos manjares,
acompañado de música y bellas mujeres. Danzaban semidesnudas y lanzaban
insistentes, miradas seductoras al incauto galán. Las paredes lucían
adornadas con piedras preciosas y en la cabecera del lugar, presidiendo
la misma, sentado en un gran sillón dorado, un gaucho vestido completamente
de negro, sombrero de alas anchas que le cubría el rostro, pañuelo
rojo al cuello, pechera de seda blanca bordada, rematado por un chaleco,
adornado con cadenas de plata que cruzaban de lado a lado, ambas hileras
de botones dorados.
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Al
joven le había llamado la atención el intenso olor azufrado que reinaba
en el aire; en determinado momento, el mandamás de la fiestas, sin
rodeos, le invitaba autoritariamente, a realizar un pacto siniestro,
donde el galán podría obtener lo que quisiera en la vida, a cambio
de la posesión del alma. El gaucho, a pesar de la embriaguez,
en un rapto de lucidez, atinaba a manotear un crucifico que llevaba
oculto en el pecho, desenvainaba el “facón” y lo envolvía con
la empuñadura de plata, luego alzando el símbolo cristiano sobre su
cabeza, lograba hacer retroceder atemorizados a los posesos ; A duras
penas, lograba huir de la encerrona al tiempo que el lugar se
llenaba de tinieblas y se oían bramido de fieras contenidas
y brillaban ascuas de fuego en los ojos de los endemoniados.
Cuenta
que el infeliz galán, vaga, todavía trastornado, aprisionando, un
crucifico en las manos.
Héctor
Jaramillo
jujuyenletras@gmail.com

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