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Justino,
era pelador de caña azúcar, pero le era imposible frenar los
impulsos atávicos. Había nacido a la vera del río, el rumor del agua,
lo atrapaba a diario, con el poder de un mandato irresistible. Cerca
estaban los recuerdos de la infancia y el placer que sentía al contacto
con el agua. Su padre, desde la temprana edad, solía sumergirlo en
el río, como una costumbre de iniciación, en los varones.
Aquel
mediodía, apresurado, había terminado las labores, el llamado se hizo
vehemente; Sin probar comida alguna y cuando el calor de la siesta
rayaba en lo insoportable, le dijo a su compañera con una amplia sonrisa
en sus labios.
-Voy
al río a darme un chapuzón -
Justino tomó el machete, no separaba de él, quizás lo consideraba parte
suya y emprendió el camino hacia el rió. Ceremoniosamente acomodó la
ropa en la orilla, a la sombra de un gigantesco ceibo, cruzó el infaltable
machete sobre el montículo de ropa reafirmando su presencia con ese sello
inconfundible.
Perlas
brillantes de sudor, se dibujan sobre las anchas espaldas, reverbera
la piel cuando , el sol atraviesa fugaz, a través de un pequeño
ojal, el espeso follaje. Remojó las manos en el agua , dibujó, una
cruz en el pecho, arrojándose al rió mientras retumba a sus
espaldas, el estruendo sordo de la zambullida. En las profundidades,
el cuerpo se estremeció de placer con las caricias del agua.
Por
un instante se abandonó, al lánguido placer de transportarse
por la cansina, corriente. De pronto, una fuerza extraña comenzó a
tironearlo, inquieto, movió los brazos violentamente tratando de alejarse
de la traicionera succión, por un instante pareció lograrlo, acercándose
poco a poco a la brillante superficie. Pero imperturbable, la
fuerza, lo sumergió nuevamente hacia las profundidades.
La
fatiga le despertó un deseo de abandono, sintió que los acontecimientos
suceden lejano y ajeno a él. El rumor del agua se apagó lentamente y
un velo pesado, lo adormeció.
La
compañera preocupada por la ausencia, había comenzado la búsqueda.
En un recodo encontraron la ropa, intuyeron la tragedia. La
noticia, se había esparcido rápidamente.
Los
jóvenes, uno por vez se sumergían, atado de un pie por una soga,
sostenida por un compañero mientras exploraban el fondo del profundo
remanso. Pero todo resultaría inútil, el cuerpo no aparecía. Los ancianos
iniciaron una ceremonia nativa con el afán del rescate. Habían
cortado por la mitad un porongo grande, fruto de la zona, utilizado
como utensilio, colocando en el fondo del mismo, un algodón embebido
en agua bendita, calzada en el centro, una vela encendida, a
la manera de una boya flotante, abandonándola en el centro del cauce,
cerca de la desgraciada inmersión.
El
porongo, fue seguido por una muchedumbre silenciosa, de jóvenes
nadadores dispuestos en hileras en ambas márgenes del río. La
lúgubre caravana recorrió unos dos kilómetros y al llegar a una empalizada
natural, el testigo bendito, comenzó a boyar perezosamente en círculos.
Las zambullidas se hicieron continuas, retumbaban con sonido
sombrío. A los pocos minutos, uno de los nadadores, dio un grito,
el cuerpo, había sido hallado.
Las facciones de Justino después de los días de búsqueda, eran irreconocibles.
Pero él, ya no se encontraba allí.
Estaba
presente, en ese otro mundo, que tanto había amado y que fue, parte
de él. Estaba en el alegre carnaval, en la estela silenciosa del pez
desconocido y en el ruido seco del viril machete que abate de un solo
golpe, las orgullosas cañas de azúcar. Lo que se rescató no fue Justino.
El porongo bendito había cumplido su misión.
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