
Llega
el Carnaval, calzado el sombrero ovejuno, alas enfloradas
con ramos de albahaca, la caja en la mano y la guayaca atravesada
en la cintura, traspaso el pórtico del alborozo del Norte Jujeño.
El fortín de Jovita Pérez te acoge con vacuna y fusilada, penado por
un suncho respirado,
antes que finalizara el fondo blanco de la copa de vino ; Changos
y chinas desatan el baile, al compás del bandoneón carpero de
Balmoré Aramayo.
Estampado,
los cuerpos con témperas multicolores, papel picado y talco.

Al mediodía, el
pulsudo
locro
de frangollo, charqui y el candente
ardor del locoto,
recomponen las menguadas fuerzas
y desandamos luego las calles del
pueblo en una alegre comparsa, apadrinado
por el retumbo sordo del Erque
rumbo a la Chaya del
gaucho Valdés. Por la noche el club
Terry revienta en el
frenesí del baile continuado
y al finalizar rumbeo a tu
casa, amichado
de tu cintura, embriagado con el
perfume sensual de aquellos labios
y el sol de mediodía me encuentra
"churmao"
en tus brazos.
Corre
el verano, la campana de la escuela, aletargada, despierta mil
ecos de bronce cuando repica sobre las oquedades de los cerros
y al tiempo del requiebro, descienden, cientos de humildes pies
por los serpenteante senderos coyas, recogen de la madre tierra,
la crujiente arena, que chillan gozosas, cuando arriban al patio
de la escuela para beber el abecedario.
Semana
santa, las familias Tilcareña, recolectaron en el último verano,
flores y semillas; Atesoradas con devoción, las manos familiares,
diligentes y pacientes, preparan el seco tesoro. Los pétalos
de colores milenarios, pegados uno a uno delinean con pinceladas
naturales, las imágenes sacrosantas del calvario de Jesucristo:
¡Son
las ermitas de Tilcara"!, rememoran las doce
estaciones del maestro, alzadas en altar en cada esquina del pueblo,
esperan con unción cristiana el pasaje de la procesión, ofrenda
sincera de un pueblo humilde.
También
florecen los amores, con la llegada de la nueva maestra; La
pensión de Doña Cabrera, es la encrucijada de los encuentros
y la calle Rivadavia, flanqueada por pircas,
son las cómplices umbrías, del primer beso furtivo y las últimas
lágrimas de una despedida.
En
la Garganta del diablo, en lo alto de la montaña, donde nace el
manantial que calma la sed del viajero;
Los
duendes milenarios, traviesos, zambullen piedritas en el fondo
que despiertan ecos extraños y sorprenden al inocente forastero.
Por
la noche, el murmullo del viento, esparce, la poesía del Churqui
Choquevilca, envuelto en un perfume lánguido de Molle y Claveles.//
Al
amigo Vitty