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Postales tilcareñas

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Brama el Huasamayo, retumba lejano en un tropel sordo de piedras, avalancha de lomos obscuros, bajan al valle, estremecen la tierra.

El grito alegre del Quitupí anunciaba el alba, hedor de las entrañas inunda el ambiente, los sembradíos rebosan pupúlos de barro; Los changos, ajenos a la tragedia,  inventan inocentes juegos: Arrojan piedras planas en las crestas marrones de la crecida y al rebotar desparraman espumas fugaces de ensueño.
En febrero, las peras gigantes de los Casas, se agitan desafiante en lo alto, esperan al osado que se anime hincar el diente en la coraza del fruto temprano.
Los Claveles de Cruz Mendoza, tras la tormenta, de  hinojos, enjugan las ultimas perlas cristalinas de los prietos pimpollos.


Llega el Carnaval, calzado el sombrero ovejuno,  alas enfloradas con ramos de albahaca, la caja en la mano y la “guayaca”  atravesada en la cintura, traspaso el pórtico del alborozo del Norte Jujeño. El fortín de Jovita Pérez te acoge con vacuna y fusilada, “penado” por un suncho respirado, antes que finalizara el fondo blanco de la copa de vino ; Changos y chinas desatan el baile, al compás del bandoneón carpero de Balmoré Aramayo.

Estampado, los cuerpos con témperas multicolores, papel picado y talco.

 

 

Al mediodía, el pulsudo locro de frangollo, charqui y el candente ardor del locoto, recomponen las menguadas fuerzas  y desandamos luego las calles del pueblo en una alegre comparsa, apadrinado por  el retumbo sordo del Erque rumbo a la “Chaya” del gaucho Valdés. Por la noche el club “Terry” revienta en el frenesí  del  baile continuado y  al finalizar rumbeo a tu casa, amichado de tu cintura, embriagado con el perfume sensual de aquellos labios y el sol de mediodía me encuentra "churmao" en tus brazos.

Corre el verano, la campana de la escuela, aletargada, despierta  mil ecos de bronce cuando repica sobre las oquedades de los cerros y al tiempo del requiebro, descienden, cientos de humildes pies por los serpenteante senderos coyas, recogen de la madre tierra, la crujiente arena, que chillan gozosas, cuando arriban al patio de la escuela para beber el abecedario.

 

Semana santa, las familias Tilcareña, recolectaron en el último verano, flores y semillas; Atesoradas con devoción, las manos familiares, diligentes y pacientes, preparan el  seco tesoro. Los pétalos de colores milenarios, pegados uno a uno delinean con pinceladas naturales, las imágenes sacrosantas del calvario de Jesucristo:

 

¡Son las “ermitas de Tilcara"!, rememoran las doce estaciones del maestro, alzadas en altar en cada esquina del pueblo, esperan con unción cristiana el pasaje de la procesión, ofrenda sincera de un pueblo humilde.

 

 

También florecen los amores, con la llegada de la nueva maestra;  La pensión de Doña Cabrera, es la encrucijada de los encuentros y la calle Rivadavia, flanqueada por pircas, son las cómplices umbrías, del primer beso furtivo y las últimas lágrimas de una despedida.

 

En la Garganta del diablo, en lo alto de la montaña, donde nace el manantial que calma la sed del viajero;

Los duendes milenarios, traviesos, zambullen piedritas en el fondo que despiertan ecos extraños y sorprenden al inocente forastero.

Por la noche, el murmullo del viento, esparce, la poesía del Churqui Choquevilca, envuelto en un perfume lánguido de Molle y Claveles.//

 

 


 

 

Al amigo Vitty


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