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Donde
los ríos el Río Grande y el xibi- xibi se abrazan al extremo sur de
la Tacita de Plata, desangra, la ubérrima, por acuáticas arterias
el plasma el piélago Puneño, los verdes Valles de la Quebrada, caldeados,
en las siestas del verano, por el hidalgo sol, despereza el brillante
traje de oro, sumerge impenitente los pies en las aguas, besa el pedestal
de la dama y desnuda el corazón carmesí de la Peña.
Atesora,
la aristocrática señora, encerrada en su cueva de greda, con
los ríos de fondo, el recato extraviado que mancilla su
honra de dama, el botín sangriento del temido malhechor Tucumano “Mate
cocido”, que otrora asolara con sus tropelías las tierras Jujeñas.
Cuentan,
que tres amigos, enterados del retorcido pasado de la noble señora
y avivada la llama de la codicia por el relato de un frustrado buscador
de tesoros, que moribundo le confiara, el secreto, oculto de la Peña
Colorada.
Según
el mismo, tras suceder la muerte violenta del saqueador, el botín
del “condenado”, se encontraba resguardado por el demonio y
sólo se revelaría, el sitio preciso del mismo, un martes trece
a medianoche.
El
“tesoro”, permanecía oculto, en lo profundo de la cueva, removida
una piedra, se encontrarían con tinajas rebosantes con monedas de
plata y oro; Una vez retirado, debían tener ciertos cuidados, como
exponerlo al aire libre, que evitase las emanaciones de gases venenosos
que terminarían con la vida de los buscadores.
Los
amigos, partían equipados con linternas, palas y picos. Después de
haber vadeado el río, llegaban a la boca de la cueva, cerca de la
medianoche, ateridos de frío y con los pies empapados, habían recorrido
el primer tramo, sofocados además, por el olor nauseabundo de los
excrementos de murciélagos que tapizaban el piso;
El último
sector, se había hecho trabajosamente, casi a gatas,
desembocando sobre una gran “saliente”, según la cual y por
debajo de ella, estaba la roca centinela.
Turnándose,
luego de una hora de trabajo, debido a las asperezas del terreno,
se enfrentaban con una roca de regular tamaño que les cerraba el paso.
Tras
algunas maniobras, conseguían, franquearla, mientras la pala
chocaba contra una superficie de sonido distinto, entusiasmados, acometían
con vigorosas paladas, apresurados, en descubrir el “tesoro”.
En
el transcurso de la faena, uno de los buscadores que se encontraba
expectante, sobre el haz de luz, sigilosamente, sentía que le
daban por detrás, rápidos tirones en los faldones; Irritado, les había recriminado
a viva voz:
–No
me gustan las bromas, ni que me tironeen de las ropas– les decía en
forma cortante.
–Vos,
estás “borracho”, yo, no te he tocado– Le replicaba uno de ellos.
–Les
repito, que no me gustan las bromas– Vociferaba, ya, fuera de sí,
al sentir un nuevo tironeo, al tiempo que arrojaba un furibundo puñetazo
al aire.
Luego,
se hacía un sepulcral silencio, durante unos instantes quedaron paralizados,
al comprender por los sitios que ocupaban alrededor de la excavación
que ninguno, podía ser el autor de la broma, al tiempo que sentían
sobre los rostros una brisa helada y pasos apagados extinguiéndose
en las profundidades.
Las
linternas, entonces, experimentaban un inexplicable apagón;
A
partir de allí, todo fue el caos, huían atropellándose uno contra
otro, despavoridos, en el afán de abandonar precipitadamente la cueva.
El
secreto, que avergüenza a la aristocrática dama permanece todavía
sellado en su estuche de caliza con el corazón carmesí que mira, nostálgico,
hacia el río.

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