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La
huella de Raquel, se trasladan por los caminos polvorientos a un caserío
rural del Ramal Jujeño; pincelazos de su presencia emergen en la oscuridad
del presente , impacientes recorremos la señales de sus huellas.
La
tierra espesa, colorada acompaña nuestros pasos en un redoble acompasado
y sordo ; la naturaleza pródiga, reproduce nostálgica un trozo del
Edén perdido que explota en un horizonte de guirnaldas de interminables
pomelares.
El
encanto se rompe por el lado hostil : ejércitos de mosquitos en acoso
interminable, lancinan el blanco humano con terebrantes agujas, bajo
el calor pegajoso y húmedo.
El
caserío se presenta abigarrado en el centro del poblado. Las humildes
casas, ranchos de quincha y barro son una muestra del empobrecido
Norte Argentino, pero afirman el denuedo y sacrificio de los pobladores,
sobreponiéndose al clima adverso de la zona. Los nativos, apremiados
por la necesidades, realizan reciclaje de las cubiertas usadas de
los tractores, cortándolas en gigantes medialunas.
Construyen
bateas para el lavado de ropa, alineados en serpenteante hileras,
asemejan a las distancia, imaginarios guardianes.
Un rumor , esparcido por los vecinos nos conduce por un sendero abierto
entre filas de picantes pimientos rojizos, que el olfato descubre tarde,
con salvas de estornudos.
En
el fondo, la inconfundible silueta del rancho, rematado la cima, con
un nido voladizo de cañas deshilachadas, meciéndose al viento. Ante
la insistencia de nuestros llamados, el dueño, se aproxima cauteloso:
Robusto, de corta estatura, entrado en años , encasquetado en un amplio
sombrero de paja , semejante a los duendes de las leyendas del Norte
Argentino. En el diálogo, reticente, tartamudea excusas pueriles,
pero ante la amenaza de la ley a regañadientes franquea la puerta,
guardada por un enorme candado oxidado.
Una
bocanada de aire caliente nos sofoca , en el centro de la habitación
en penumbras , una figura temblorosa de una joven. La cabeza cubierta
por un pañuelo descolorido, vestida con prendas mitad varonil y
femenil, balbucea entre dientes, una letanía: "¡ Hincha
panza !.... ¡Hincha panza!"..., mientras parpadea asustada
, gira sobre sí y entrecruza los brazos como un velero abandonado
a la furia de la tormenta.
El
viejo bribón, deliberadamente la oculta para disimular el embarazo
de más de cinco meses. Cuentan, que en otras oportunidades, cuando
la misma se encontraba cerca del parto, había partido con la cautiva
a la ciudad y regresó después de un tiempo, con la confusa historia,
de que el niño había nacido muerto, ante la insistente curiosidad
de algún vecino.
Colocamos
suavemente, las manos sobres los hombros, cesa en el acto el balbuceo
, desparramase vencida en un catre, apresuradamente cubrimos la
desamparada desnudez de sus senos.
Los
rumores sobre extraños, que averiguan sobre mujeres embarazadas,
cobran una sospecha inusitada sobre la existencia de un comercio
vil: La venta de bebés.
El
viento sopla con fuerza , la cautiva viaja hacia la libertad , pero
las ráfagas del mismo no logran acallar , el eco de un lamento en
nuestros oídos, mientras sobre la blusa, se encuentran, los vestigios
de una leche abortada, escarapelas de la vergüenza, del hijo desconocido,
que no logró amamantarse en ellos, claman por Justicia.
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