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El círculo del Cóndor

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Cuando sopla, el caliente viento del Norte, recostado sobre un lecho de piedra, con la mirada fija en el azul del horizonte, sigo los silenciosos movimientos de un ave majestuosa, el príncipe del vuelo suspendido: El Cóndor.

Brotan los recuerdos en mi memoria, la silueta menuda de "Bety",  perfilada entre las agrestes montañas del Norte Argentino.

Ella, cumplía las labores de Agente Sanitario de la Zona; El trabajo exigía una ronda de visitas mensuales. Desde Rinconada, agotadas minas de Oro de la época de la Colonia Española partía hacia un caserío, desperdigados entre los cerros, distante a unas 4 horas de marcha, por un camino  zigzagueante y empinado, atravesado de hondonadas y cortas  mesetas; Vestía rigurosa chaqueta celeste, con  trenzas renegridas, graciosas, caían sobre los hombros. Estaban todavía cercanos, los recuerdos de los primeros viajes, que al comienzo fueron una frustración. Los lugareños se  ocultaban, alertados, por el reflejo delator sobre la primorosa hebilla dorada que con orgullo, lucía en el azabache del pelo.

Las humildes casas de adobe, parecían desiertas, los repetidos llamados, resultaban estériles, pero un tibio rescoldo en la cenizas de la cocina, denunciaban  la fuga precipitada y la palpitante presencia cercana; Cautelosos, rehuían el trato con extraños por la idiosincrasia del pueblo Kolla.

La estación invernal fue cruda, con fríos intensos y heladas tempranas,  el pasto permanecía yerto y amarillento; El deshielo terminó arrastrando  las esencias y el ganado enflaquecía a diario anuncio del desastre inminente; El éxodo, hacia los valles fue inexorable, el alcázar de las nubes quedó desierto y las presas acosadas por el Cóndor desaparecieron del paraje.

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Ensimismada , meditaba  sobre los retoños que quedaron en casa; Cuan grande , estaban las  "guaguas" , de improviso una repentina oscuridad empañó la límpida mañana , Bety quedó paralizada, entre remolinos de viento  y polvo que golpeaban su rostro, atónita descubrió en la penumbra, el violento batir de alas de un cóndor gigantesco; sin titubeos y armada con el coraje ancestral de su petroglifo de un condor 12.000 a.c. en jujuyraza, enfrentó la bicicleta como escudo,  arrancó a manotazos limpio "tola seca" y en el hueco del suelo, encendió la misma , mientras vigilaba atenta las evoluciones  del ave que giraba en círculos amenazantes con la intención de tumbarla, destreza del ave carroñera, para desbarrancar a las presas, en las estribaciones de los cerros.

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La llama  invisible, ascendió en espirales de humo blanquecino avivadas por soplidos entrecortados por el jadeo del esfuerzo y el susto. Poseída de una furia incontrolable, agitó sobre su cabeza los restos humeantes, mientras  gritaba  e insultaba; El ave vaciló, frenó la embestida y en círculos cada vez más lejanos, desapareció en el horizonte.

Las sienes de Bety, todavía, palpitaban por el esfuerzo, alrededor, la frustrada escena del drama permanecía inmutable, cortada, de a ratos, por el silbido del viento que en infatigable  procesión de arena dibujaba imperceptibles trazos sobre la áspera superficie de  la Puna, Bety  apresuró el paso, ante la proximidad del caserío.

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