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En
el centro de la cubierta, donde otrora reinara
una febril actividad, se observaba en aquel entonces,
lenguas serpentinas de fuego, lamiendo la
boca de los hornos, fugándose a través
de recónditas rendijas que proyectaban fantasmagóricas
sombras inclinadas sobre arcanos
objetos .
El calidoscopio de luces, sombras y sonidos, se atenuaba hacia la
medianoche, interrumpido, por esporádicos reventones que
arrojaban miríada de chispas que perezosamente aterrizaban en
giros brillantes, extinguiéndose poco a poco en estertores
rojizos, debatiéndose unos instantes, a poco de ser engullidas
por la oscuridad.
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Pablo
era uno más, de los tantos artesanos del aquel
edén del trabajo, las callosas manos de experto, manipulaban
la arcilla, con el talento tocado por el don;
De la informe masa, nacían las formas de
los anhelos deseados. Mas tarde, desde humeantes crisoles,
chorros de metal naranja se volcaban y
reptaban cansinamente, por humeantes avenidas
rojizas hacia el fondo de los moldes, elevándose
un pesado tul de vapores que constreñía los
pechos . Las piezas, atenazadas firmemente, se debatían
unos instantes, trémulas, entre
silbidos y borbollones apagados de metal rendido al sumergirse en sendos piletones. Las
impúberes, en la semipenumbra aguardaban,
alineadas y expectantes en el
fondo de la trastienda, mientras un ejercito de galeotes de
la rutina, se aprestaban a
despojarla del traje opaco.
La
casquivana campana, luciría refulgente, orgullosa,
en el otero de la escuela rural y el tañido argentino convocaría
a vocingleras voces que iniciaban el
balbuceo del silabario; Mas allá, el ancla
formidable, tenaz, resistiría el
embate de las corrientes arteras y aquel prócer,
de rostro austero y solemne cuyo busto emplazado en una plaza, cuya
obra quizás sirviera de ejemplo que despierte la
conciencia adormecida del ciudadano que por azar la atravesare.
Aquel
oasis de labor, desaparecería, ignominiosamente, como
corolario de un perverso modelo económico de consecuencias,
todavía, imprevisibles. El pueblo, inicialmente, había participado,
esperanzado en la aventura , equivocado, había
elegido la opción, que la postre resultaría
catastrófica.
Los
gobernantes y los políticos, confabulados, habían transformado el
escenario del país a la medida de sus intereses personales, persuadiéndolos a
través de la prédica constante con la colaboración
de los medios, de aceptar la bondades del modelo, so pena
de "quedar relegado al progreso
y al futuro " excluyendo, a sabiendas,
a una gran mayoría.
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La
moneda nacional, devaluada, quedaba sumergida
en la ciénaga de la ruina, mientras las extranjeras detentaban,
con el falso brillo del linaje,
los blasones necesarios que la convertirían
de la noche a la mañana en privilegiadas en un País empobrecido.
La elusiva dote de los países lejanos, significaba el
señuelo. Los corruptos, en complicidad
con los funcionarios, obtenían créditos de la banca oficial sin el aval necesario,
que su vez los tomaba de la banca extranjera, con el consentimiento
venal de los mismos hacia un futuro traspaso monopólicos de áreas
económicas rentables del patrimonio nacional convergiendo
dichos intereses en un mercado cautivo con la liberalización
total del mismo.
La
debacle no se hizo esperar, un descomunal endeudamiento estatal,
créditos incobrables, alud de importaciones inservibles,
fuga de capitales y la quiebra de un sinnúmero
de empresas con la desgraciada y tan
temida desocupación.
De
un día para el otro, el patrimonio , fue adquirido o concesionado
por largos periodos al capital privado, favorecidos por legislaciones
permisivas, a precios viles, con papeles
denominados "títulos de la deuda Nacional" : el fiador,
como epílogo de una cruel paradoja, era
el mismo estado con respaldo del tesoro
nacional, todo ello, enmarcado y orientado a disminuir
el valor real de los activos, con una corrupción de fondo
y la complicidad de políticos , funcionarios,
licuando así de manera artificial, el capital empresarial .
El
barco a vapor, caricatura, de la otrora pujante industria nacional,
es hoy el retrato donde se reflejan, la descomunal desocupación,
la desnutrición , la inseguridad y como una
cruel ironía de aquella quimérica
aventura del progreso prometido todavía
se escuchan voces que hablan de la década del cambio.

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