A p e r t u r a
Miro a
hurtadillas el ojo distante de un pez inquisidor al encender
el monitor.
En
la penumbra, por instantes, lánguida, sumergida el rostro en
la almohada de los sueños, una catarata arrebujada de pelo renegrido
cubre a medias, los dones atrevidos y un enigmático tatuaje
austral , acecha con el dardo de la duda.
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Sin
embargo, el ancla que fondeaste,
aquieta el torbellino de mis aguas.
Cuando
toco tu piel, corre un reguero de terciopelo hacia la mente,
en acompasados estaciones de melodías,
enlazadas con sonidos que brotan en distintos tonos,
algunos son graves,
desprendidos en el abisal profundo,
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otros
tintineantes,
como la caída de una lagrima furtiva sobre una copa de cristal.
Desde
la distancia,
cuando caminas, te deslizas entre los rayos del arco iris del presente,
diriges una mirada absoluta hacia el horizonte, entornándose al tiempo,
en un imperceptible aleteo de mariposa,
refugiándose en las profundidades del néctar interior.
Si
pretendo seguir,
el rumbo de tu estela, finalizo en destellos fugaces, extraviado entre
dimensiones desconocidas,
que araña el confín del misterio.
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Después
que la sincopa de los sentidos se funden por un instante,
en el eco voluptuoso de la catedral del placer,
quedas rendida,
pero
el cuerpo etéreo, libre,
fluye sobre el tapiz persa de los pensamientos,
abroquelada en la esfinge de silencio,
quizás hasta un próximo encuentro.
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