Con
este vocablo se designan los “altares del diablo” que el mineros
suelen levantar en los rincones más perdidos de las galerías
abandonadas.
Allí se
rinde culto y se depositan ofrendas similares a las que se entregan
a la Pachamama; coca, cigarrillos, alcohol, acuyicos y sahumerio,
con la finalidad de evitar que el diablo se lleve la veta de
mineral a otros cerros y deje a los obreros sin trabajo.
Al
cavar en las minas, los mineros, si encuentran una veta, entronizan
la figura de "Ukako" en una vieja y abandonada mina,
distante del establecimiento minero. Un día viernes, en
lo más profundo de la cueva, levantan el altar del Dios,
que se representa con una figura con ojos grandes, orejas puntiagudas,
dientes filosos, cuernos arqueados y una larga melena. En la
mano izquierda sostiene un trozo del mineral encontrado y en
la otra un tridente, ya en su trono, "Ukako" recibe
las ofrendas.
Dicen
los mineros que "el señor de las tinieblas Ukako,
nada tiene que ver con el Satán de los europeos que representa
el mal por el mal mismo; Ukako, en cambio, en la sepulcral oscuridad
del socavón guía los pasos de los mineros como
un duende protector de las minas en las montañas puneñas en
la provincia de jujuy".