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No
falta en casi ningún hogar boliviano o de origen boliviano, la representación
contemporánea de este Dios menor de la mitología aimara llamado “Ekeko”.
Es un muñequito bien vestido, cargado de objetos suntuosos y billetes
de banco. Sobre sus hombros lleva ollas de plata, collares de oro,
pequeños bolsas de coca, como símbolo de opulencia. Su rostro eufórico
denota la alegría del que todo lo tiene. Sus facciones no son las de
“Cholo” o indio del altiplano, sino que parecen actualizadas con finos
bigotes al mejor estilo de los galanes cinematográficos de los años
treinta. Es el Dios de la abundancia. De vez en cuando, en las engalanadas
caravanas de automóviles que acompañan a los templos a las parejas
de novios de origen boliviano, se lo ve infaltable sobre la carrocería
de vehículos cubiertos de punta a punta por vajillas de plata, ponchos
de vicuña, mantas cochabambinas, monedas y dinero de todo tipo entre
cintas multicolores, flores y cuadros de los santos preferidos, ornato
que representa los augurios de los invitados para los contrayentes.
Hoy todos se refieren a él bromeando (indígenas incluidos) pero, por
“esas cosas”, es un penate siempre presente en un lugar destacado de
la vivienda, que recoge el anhelo de sus moradores por una vida más
placentera, sin angustias económicas. Idolillos que traen fortuna son
comunes en numerosas mitologías de todo el mundo, pero lo que provoca
curiosidad es el atuendo moderno con que la imaginería popular viste
a este Dios menor precolombino. Abundancia, amor afortunado, virilidad,
fertilidad y en síntesis, felicidad; dones del idolillo que da sin
enajenar libertad o moral alguna: ¡ Por fin un Dios realmente Generoso
!
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